La marca

[...] Era 1978. Tenía 17 años. Viajé en final de curso con la escuela a Roma y conocí una tarde a una chica encantadora en las escaleras de la Piazza di Spagna, se llamaba Gigi. Era una chica preciosa, morena, que se parecía a Claudia Cardinale.

 

Recuerdo que empezamos a charlar y nos besamos en un puente. La invité a cenar con mis ahorros de todo el año, en una pequeña terraza de un restaurante del barrio de Trastavere. La miré fijamente sin estar seguro de que ella me mirara. Llevaba unas gafas negras, pude intuir sus ojos, como derramaban sobre mi una luz que se perdía en la noche. Le acaricié la mano y con un dedo toque sus labios. Toqué el rojo húmedo, su fragancia de lluvia y fuego. Ella me cogió del hombro y entonces pude ver al fin sus ojos azules, intensos... innombrables.

 

Nos levantamos. Ella tiró una silla. Y nos marchamos corriendo sin pagar. Volando como pájaros por las calles de piedra. Inventamos de nuevo la historia. Nos abrazamos y le besé los ojos. Y en ese momento cayó sobre nosotros el cielo de Roma. Con sus grandes gotas, manchando suavemente nuestro rostro de agua. Ella empezó a correr. Se despidió en italiano sin que pudiera entenderla. Y ya estaba muy lejos cuando me di cuenta de que bajo mis pies estaban sus gafas. Sus otros ojos, ahora para siempre míos. [...]

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